“Al no haber nada se da el espacio para que se manifieste Aquel que lo es todo”

“Al no haber nada se da el espacio para que se manifieste Aquel que lo es todo”

Itinerancia de La Quiaca a Ushuaia

Nombres                        

Son muchos los nombres que podríamos poner a esta itinerancia porque son muchas las características únicas que tuvo, es por eso que todos estos títulos responden a una misma experiencia de la providencia de Dios en el camino.

“Itinerancia por la Ruta 40 “: Recorrimos desde abra Pampa a Ushuaia la ruta cuarenta, con algunas infidelidades que siempre llevaban a volver al primer amor.

“Lo mejor sucede en la noche, un camino contemplativo de fe”. Cada noche se convertía en un momento donde no viendo nada, se nos invitaba a contemplar la sorpresa de lo que Dios hace y regala. Eso nos hace creyentes.

“Camino contemplativo por la Argentina”. Este atravesar la argentina estuvo marcado por la invitación a la contemplación, las hermanas clarisas con su don especial para la contemplación y el paisaje que nos dejaba sin palabras eran una invitación constante.

“De la quiaca a Ushuaia, experiencia providente de una familia”. La formación de esta familia también fue providente, podríamos decir sin temor, “llamó a los que El quiso”. Clarisas, franciscana, jóvenes laicos franciscanos, fraile. Nos sentimos y anunciamos ser familia franciscana.

“Una itinerancia con rostro de Mujer”. Es la primera itinerancia con mayoría femenina. De los siete, cuatro eran mujeres. Fue  un ir descubriendo  este don y formo parte del modo de contemplar.

“Un mayo argentino”. Le dedicamos todo el mes de mayo y sentimos atravesar nuestro país con sus rostros y paisajes tan diversos y ricos.

 

Familia

Fue lindo descubrirse y vivir como familia franciscana. Necesitarse y alimentarse del don del otro hizo distinto el camino. La vivencia de un carisma que para todos es regalo nos permitía a cada uno aportar desde el propio lugar desde donde vivirlo. La búsqueda de Alan, la proximidad del casamiento de Fede, el ir dando forma a una vida consagrada de Belén, el ir abriendo puertas, ventanas y caminos para una contemplación que invite a otros o a todos de Clara, Lilia y María hacía de nosotros una familia.

Este fue nuestro anuncio “somos franciscanos”, “somos necesitados”, “somos iglesia al borde del camino” que comparte la experiencia de lo que Dios hace. Su providencia, su regalo, su amor, su manifestación y tanto, pero tanto es lo que El hace que no nos permitía callar.

Este ir como familia no fue algo programado, no elegimos ir desde distintos lugares de nuestra experiencia franciscana, nos descubrimos así. Fue un regalo. Fue un ensayo de algo mucho más grande que solo El sabe, conoce y conduce. Nos hizo felices el experimentarnos así y nos permitió a cada uno aportar desde su propio lugar.

Creo que este experimentarnos convocados como familia tiene una dimensión profética que debemos anunciar, compartir y vivir.

Contemplación

El tema de la contemplación nos acompañó durante todos los días. En primer lugar venía por el insistente interrogatorio de todos por la presencia de las hermanas clarisas en el camino. Este interrogatorio constante fue una invitación a profundizar cada vez más, a reafirmar cada vez más. Nos permitió a todos, a las hermanas, a los frailes, curas, obispos, camioneros, familias, jóvenes, comunidades y tantos y tantas, descubrir nuestra vocación contemplativa, nos anunciaron en cada kilometro recorrido la posibilidad de recorrerlo como decía Gastón en su primera prédica como diácono “Contemplar es mirar de modo diferente la realidad” y dejarse transformar por este modo nuevo o mejor dicho dejarse hacer de nuevo.

El recorrer kilometro a kilometro en este desafío de porque contemplativas en el camino, nos permitió interpelarnos. ¿Por qué recorrer un camino, la vida, de un modo no contemplativo? Así el camino y la presencia nos permitió anunciar la certeza de que la itinerancia es un camino contemplativo porque nos permite transitarlo con una mirada diferente y dejar que esto nos haga. Y nos hace nuevos a cada momento, en cada uno que se detiene para llevarnos, para darnos de comer, para recibirnos en su casa, para orientarnos en el camino, para charlar. Gracias hermanas clarisas por salir al camino contemplativamente.

También el paisaje nos invitó a profundizar esta dimensión  de nuestra vida. Cada paisaje fue hablando, fue silenciando, fue asombrando e invitó a la acción de gracias.

 

Discernimiento

Es el que nos fue conduciendo y nos permitió encontrar el camino que Dios nos tenía preparado. El primer encuentro de discernimiento conjunto fue en Abra Pampa, muy cerca de La Quiaca. La altura, 3800 m estaba afectando a algunos y necesitaban oxigeno tres veces al día. Esta realidad nos invitó a cambiar nuestra ruta, así salteamos San Antonio y el nevado de Acay y fuimos directo a Cafayate, evitando así todas las partes altas.

El otro discernimiento comunitario significativo fue al final. Viendo los días y el camino de vuelta como se venía dando decidimos cambiar nuestro destino final y terminamos la itinerancia en Rio IV en la Ordenación de Gastón.

En el día a día el discernimiento se ampliaba e incorporaba a la gente que íbamos encontrando en el camino. Esto nos permitía descubrir por dónde ir, donde parar, a quien ver y tantas otras cosas.

El discernimiento nos permitía experimentar ser una fraternidad llevada por el querer de Dios expresado en mí y en el otro.

 

Lo mejor sucede en la noche

Esta fue la frase que Paola nos recordaba de vez en cuando y que acompaño e ilumino nuestras noches. Ella nos citaba a Juan de la Cruz. La primera vez lo hizo en Bardas Blancas, a unos 100 km de Malargue, Un cruce de rutas, por un lado el paso fronterizo a chile y por el otro nuestra querida ruta 40. Solo había un puesto policial con solo un policía que nos ofrecía colchones y un lugar calentito si ahí nos quedábamos. Lo característico del lugar era el viento constante y en algunos momentos con mucha intensidad y mucha tierra. El anuncio de que lo mejor sucede en la noche comenzó como un susurro, primero se lo dijo a Alan, todavía era de día, como una invitación a la esperanza. Después lo compartió en voz alta a los que estábamos y finalmente fue una certeza, un credo. A las 20.30 en plena oscuridad, en plena desolación nos paró un auto y nos llevo a los que quedábamos, estábamos felices. Pero esa noche fue larga, pero no larga en horas, sino en manifestaciones. A los que iban delante también los volvieron a parar de noche y los llevaron hasta unos 200 km antes de Neuquén, llegaron a la 1.30 hs, muy tarde pero como en la noche sucede lo mejor, los recibieron en una casa gracias a la intercesión del cura del lugar que no estaba en el pueblo. Los otros tres a las 22.30 llegamos a Buta Ranquil, sin conocer, sin lugar donde descansar, pero la misma gente que nos llevaba se encargo de todo. Llego el juez de Paz y nos llevo a un cumpleaños donde él estaba con su familia y desde ahí los invitados ofrecieron sus casas para recibirnos. Lo mejor sucedió en la noche. Cada noche desde distintos lugares fue un anuncio de este modo de obrar de Dios que nunca desampara.

La salud

Siempre que nos ponemos en camino se nos pregunta por cómo hacemos cuando tenemos un problema de salud. Y esta vez lo tuvimos. No fue como en otras veces una diarrea, una fiebre que son más fáciles de abordar. Estaban las cuatro hermanas con Alan en Gobernador Costa,  Fede y yo en Tecka a 100 km de diferencia. Recibimos un mensaje que decía que volvían en ambulancia con Alan que lo habían derivado a Esquel. Le habían puesto suero y la ambulancia nos pasó a 160 km/h. El cuadro parecía muy serio, decían que era apendicitis. Nosotros nos pusimos en camino a Esquel. Llegamos y ya le habían hecho estudios y el médico decidió no operar ahí, sino esperar hasta el día siguiente. Finalmente todo se arreglo con vaselina con gusto a frambuesa y unos kiwis. Unos 200 km después Alan dio a luz y todo se solucionó.  Más allá de la alegría de su recuperación fue una experiencia de la providencia muy linda, nunca experimentamos tener en riesgo la vida. Además Daniel Fleitas cuando se enteró ofreció lo que necesitáramos, pero la vaselina y los kiwis no eran muy caros y estábamos en la casa de Pablo hermano de Daniel y lo teníamos todo.

 

Las mujeres 

Fue la primera itinerancia con mayoría de mujeres, todo un tema. Pero la itinerancia, desde 2012, tiene el rostro de una mujer que nos acompaña, nos lleva, nos convoca. Es el manto de la virgen de Guadalupe que nos acompaña en cada itinerancia y contiene lo que nosotros no podemos contener, los nombres de todos los que fuimos encontrando o que el camino nos encomienda para que los presentemos al Señor en cada oración en cada Eucaristía. Esta Mujer pobre y peregrina es nuestra gran compañera de camino. Nos sentimos verdaderamente confiados a ella, como Jesús lo hizo con su discípulo amado, “he ahí a tu madre”. Cuando nos envía, lo hace de este modo. En esta experiencia del camino de sentirse desbordado por tanto,  ella tiene la capacidad de guardarlo en su corazón. Dice mucho verla a ella y ver tantos nombres. Nos permite también caminar libres, sabiendo en manos de quien dejamos a cada uno que encontramos.

Y en esta mujer itinerante, las mujeres que hicieron esta itinerancia. También ellas nos sorprendieron con su presencia en el camino. Nos regalaron llenar el camino de detalles, de cuidados, de un pan amasado, de un corte de pelo, de masajes, de una polenta, de un modo distinto de hacer dedo, de pedir, de buscar lugar para dormir y de tantas pero tantas cosas. De un modo distinto de ser tremendamente fuerte. Incansablemente peregrina y silenciosamente charlatanas.

Ellas nos dicen que la itinerancia es posible, que es una invitación para todos, que es comunión, que es aporte desde lo distinto y tantas cosas más. Gracias a todas, a las de hoy y las de ayer.

 

Hno. Cristián Isla Casares, ofm


Con gran alegría el corazón se fue poniendo en camino al empezar a pensar esta itinerancia con Cristián y el 30 de abril mi persona entera entró en esa sintonía al ir hacia Abra Pampa (Jujuy), con Fede (un amigo), donde nos encontramos todos para salir juntos el 01 de Mayo.

En la itinerancia se vive con mucha fuerza la fraternidad, y eso lo experimenté desde el primer momento, tener la certeza de que donde caminaba una bina o una trina íbamos los siete, y no solo los siete, sino tantas y tantos que caminaban con nosotros con su oración y su pensamiento.

Creo que es una riqueza inmensa poder vivir la itinerancia en una fraternidad tan variada, como ser esta en la que éramos dos laicos, tres hermanas clarisas de Puerto Esperanza, un fraile y una hermana franciscana (Alan, Fede, Clara, María, Lilia, Cristián y Belén), “que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea” (Jn 17, 20).

Creo que al estar en el lugar del pobre, del necesitado, uno se encuentra con su verdad frágil, y comparte lo que es, porque es lo único que tiene, y viví que mi propia fragilidad es recibida y sostenida por la fraternidad. Al no haber nada se da el espacio para que se manifieste Aquel que lo es todo. Experimentar que no sólo es posible, sino que es fuente de gozo y es Buena Noticia para el mundo, el testimonio de una vida fraterna desde la vocación de cada uno, a mí me llena de esperanza a la hora de seguir buscando los caminos por los que Dios quiere hacerse presente hoy en mi vida y en el mundo.

Partimos desde el envío de Jesús a sus discípulos, y desde nuestra pertenencia a Él en nuestras distintas opciones de vida, atraídos por la vida de nuestro padre y hermano Francisco, y con él, como en cada itinerancia, me uno a saltar de gozo y exclamar: “Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más hondo de mi corazón anhelo poner en práctica”.

La Buena Nueva que anunciamos son las maravillas que Dios obraba con nosotros, Su cuidado providente en todo momento, Su presencia viva en cada hermana y hermano que encontrábamos y nos encontraba en el camino, que nos alimentaba, nos alojaba, nos vestía, nos compartía su vida…, en la Creación que reflejaba en cada paisaje la belleza, la inmensidad y la bondad del Creador, en la pequeña fraternidad que éramos y en lo que Dios hacía en cada uno. Son un regalo las celebraciones y los momentos de oración que compartimos durante la itinerancia, encontraba cómo el Evangelio se hacía carne en lo que íbamos viviendo.

Cuando nos preguntaban qué hacíamos, cuál era nuestra misión, etc., me llenaba de esperanza decir que éramos una presencia pobre de la Iglesia, al costado del camino, que lo que teníamos para ofrecer a cambio de lo que recibíamos es solo el Amor de Dios y el anuncio de Su Paz. El ritmo, la charla, el recorrido, lo marca el otro. Encontrar que desde el propio carisma se puede vivir y se vive la comunión con toda la Iglesia y con toda la humanidad.

Me queda en el corazón agradecido por tanto. El anhelo creciente de que esto no sea una experiencia sino una forma de vida. Sigo confirmando que son los espacios donde más plena me siento, donde mi pie calza en la huella y anhela seguir caminando.

Ante el Hijo de Dios que se hizo Camino pongo a todas las personas que nos han encontrado, sus vidas, sus necesidades, sus deseos, y todo lo vivido, para que Jesús renueve todo en Él. Que la Virgen de Guadalupe en cuyo manto descansan las heridas de nuestro pueblo nos siga enseñando a ponernos en camino cada día llevando en nuestro seno al Dios de la Vida abundante.

Hermana Belén


Ante tanta bondad el corazón solo puede inclinarse y agradecer

Como hermanas contemplativas compartimos con ustedes algo de lo mucho que hemos vivenciado en este tiempo de itinerancia.

Para nosotras que habitualmente nos hacen llegar pedidos de oración de diferentes provincias, tener esta posibilidad de caminar nuestra Patria desde La Quiaca a Ushuaia, como orantes y peregrinas ha encendido nuestro corazón en amor y gratitud al Dios de Jesús que nos habita y nos impulsa hacia el otro. Salir a los caminos surgió de la necesidad de no esperar a que vengan; de la escucha al  Evangelio que nos dice dar gratuitamente lo que gratuitamente se nos da; de compartir a quien diariamente contemplamos; de  ver que son muchos los que están al borde del camino; de ver que hoy la Iglesia (por lo menos nuestra realidad diocesana) tiene poco o casi nada de Reino; todo esto es lo que nos movió a provocar el encuentro, ponernos al lado de aquellos, aquellas con quienes el camino nos fuera encontrando, y no sólo ponernos al lado sino a los pies, porque allí queremos permanecer, allí queremos estar. Ese es nuestro lugar.

Cada día tuvo su novedad, su frescura, su anuncio. La belleza de los paisajes y la belleza de los corazones que generosamente nos levantaron en la ruta, nos dieron de comer y alojaron en sus casas como si nos hubieran estado esperando desde siempre, y los otros, tan importantes, que  oraban por nosotros, hicieron del camino una vivencia preciosa.

Y ante tanta bondad el corazón solo puede inclinarse y agradecer.

Nos sentimos hermanas de todos, madres de cada realidad que fuimos abrazando y escuchando, esposas de un Jesús pobre, peregrino y orante. Pobres, menores, libres, gozosas.

Hermanas pobres de Pto. Esperanza – Misiones


Una experiencia de transformación

La itinerancia es una experiencia de Dios. En las personas. En los paisajes. En las esperas. En los encuentros. En la fraternidad. Todo fue muy diverso e inesperado. Todo fue gratuito y a la vez sobreabundante. Personalmente vivencié un Dios muy palpable y que todo lo transforma. Los momentos de espera en momentos muy fecundos, de diversión, de reflexión, de contemplación. Las distancias se acortaban en cada charla, con cada nueva imagen que la naturaleza regalaba. Se transformaban los desconocidos en confidentes. Se transformaron las historias de vida en testimonio de Fe. Cada vez que subíamos a un auto, a un camión; en cada encuentro con personas caminando o entrando a un lugar, presentarnos y compartir el por qué estábamos ahí era una forma de confirmar la presencia de una Iglesia que quiere encontrarse en donde puede haber un encuentro. Cada vez que nos dijeron de no ir por tal camino, por tal ruta, porque no pasarían autos, porque no habría gente, la Providencia se encargó de regalarnos los más lindos encuentros. Muchas charlas resultaron breves, pero no por eso poco profundas. Cuando alguien abre el corazón y comparte desde lo más verdadero y desde lo más hondo, no se pueden contar las palabras y el tiempo se desvanece. Siento que cuando esto sucedió es porque nos sentíamos hermanos; sentíamos que Dios nos regalaba algo y era la presencia palpable del otro. El modo de vivir el Evangelio, con sencillez y desde la pobreza, con el que Francisco envía a sus hermanos es lo que permite experimentar esta Providencia de Dios tan sobreabundante. Nunca antes había sentido verdaderamente no tener nada y depender de la caridad de los demás. Nunca me sentí tan a gusto de saberme necesitado de Dios y del encuentro con un hermano.

Federico Ulbrich