
02 Jul El Deseo Que Nos Precede
Notas sobre el itinerario vocacional del Hermano Francisco
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Para ser honesto, tengo que reconocer que la visita que hoy hago al proceso vocacional (llamado/respuesta) de Francisco, dista mucho de lo que pude ver en ese mismo camino a lo largo de los años que llevo como buscador de plenitud y transparencia. Cambié yo y cambió mi perspectiva, por tanto, cambió también lo que he podido ir viendo en el itinerario del Hermano Francisco, lo que ahora les comparto seguramente también será transitorio, pero al menos intenta ser honesto con mi presente.
Antes del llamado: El Corazón Inquieto
Francisco, el hijo de Pedro y Pica, no llegó a la experiencia de una vida plena de un salto. No hubo en su historia una iluminación espontánea arrancándolo de su mundo e instalándolo, de un golpe, en la transparencia de una vida evangélica. Su proceso vocacional fue, ante todo, un largo aprendizaje a ir escuchando el deseo que lo habitaba antes de que él supiera reconocerlo en una forma exacta.
Es tradicionalmente conocida la juventud de Francisco como un personaje tremendamente seductor. Tomás de Celano describe a un Francisco que «se convirtió en objeto de admiración para muchos a causa de su prodigalidad» (1 Cel 2). Era generoso, alegre, hoy diríamos que era un líder natural. Aunque detrás de tanto brillo había algo que no terminaba de aquietarse.
Quizás podríamos decir que ese fondo de inquietud es el primer signo vocacional. No una voz del cielo, más bien algo mucho más simple, una incomodidad sutil, una sensación de que todo lo que tenía y perseguía no llegaba a llenarlo del todo. Pensando en este momento de su proceso podríamos adelantarnos un poco y vislumbrar con San Agustín el fondo de todo movimiento: «nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Los Signos Inesperados: Aprender a leer lo que irrumpe
El proceso de Francisco avanza a través de signos que él, al principio, no logra descifrar. Son acontecimientos en su vida ordinaria que lo desconciertan, que van abriendo grietas en el mundo que conocía. Hasta podríamos decir que la historia entera de la fraternidad franciscana está jalonada de estos momentos de fractura fecunda.
El primer signo es el fracaso. Alrededor del 1200 es testigo -y posiblemente actor secundario- del levantamiento de un grupo emergente de Asís contra los nobles y el señor feudal, en esa ocasión vencieron y eso seguramente alimentó su deseo de ser caballero, así que, dos años después, marchó a la guerra, nuevamente contra los nobles que esta vez se habían aliado con los de Perusa, va con mucho entusiasmo, pero fue capturado en Collestrada, y pasa un año prisionero en Perusa. Su padre paga un rescate, pero la vergüenza no le permite volver directamente a Asís, por lo que decide ir Gubbio y se queda en la casa de su amigo durante un año. Cuando finalmente vuelve a Asís, se encuentra con una nueva oportunidad, unirse a las fuerzas del conde Gentile, hace unos pocos kilómetros, y en Espoleto una visión lo hizo regresar a Asís. «¿Quién puede hacerte más bien: el señor o el siervo?» le preguntó la voz. Poco a poco, Francisco comienza a aprender que estas interrupciones, estas cavilaciones que lo llevan a cambiar sus planes no son pequeños tropiezos, se trata de algo que tiene que aprender a interpretar, tiene que darle espacio y tiempo. Y entonces vienen esos momentos en los que se empieza a retirar a una cueva, casi como expresando simbólicamente el regreso a él mismo, a unas profundidades que desconocía y que estaban mucho más cerca de los lugares a los que “su sueño” lo había llevado.
Aparece entonces un nuevo signo, uno de los más decisivos de su vida. Tomás de Celano nos recuerda que Francisco tenía un horror visceral a los leprosos, y que sin embargo, un día, se encontró con uno de ellos en el camino y en lugar de cambiar de dirección, se hizo un poco de violencia, se bajó del caballo, se acercó y lo abrazó. Unos días después, junta algunas cosas en su casa y se dirige al hospital de los leprosos, se encuentra con ellos, pudo ver más allá de la enfermedad, esta vez se encuentra realmente, comparte un buen rato con ellos, algo muy hondo se rompió en él provocándole una sensación muy extraña, agradable, pero muy extraña, tanto que, veinte años después de esa experiencia, la recuerda en su Testamento: “Y cuando me alejé de ellos, lo que me era amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo”. Este giro del asco a la ternura es uno de los momentos fundantes de su proceso. Francisco aprendió a encontrar lo que estaba buscando sin saberlo, donde menos lo esperaba.
Habrán pasado unos días de ese encuentro tan transformador, cuando vive una nueva experiencia, esta vez en un contexto más religioso, otro elemento que le ayudará a configurar su propósito, lo conocemos como el encuentro con el Cristo de San Damián. En esa ocasión, Francisco escucha esa voz que viene desde lo profundo: «Francisco, ve y repara mi casa, que como ves, está toda en ruinas.» La voz le hablaba de la necesidad de “reparación”, podríamos decir, de sanar esas grietas de las paredes heridas, de re-construir lo que se había caído por descuido natural del paso del tiempo. Es muy probable que esa voz profunda se refiriese, en primera instancia, a Francisco mismo. Todo proceso de transformación de una comunidad, comienza por la transformación de cada integrante de esa comunidad. El Hermano de Asís recorre ese camino, aunque sin demasiada consciencia mientras lo vivía, sólo varios años después podrá hacer una relectura “lúcida” de todo el camino recorrido y se siente inundado de profunda gratitud. Tomás de Celano, Buenaventura y otros narradores de aquellos tiempos, prefieren leer en el contenido de esa voz una especie de profecía, interpretando que “la casa” a la que hace referencia es la Iglesia… también podría ser… Los llamados de Dios suelen ser así: concretos al principio, y el horizonte se abre con el andar.
Las Decisiones Transitorias: El llamado se clarifica en la respuesta
Una de las cosas más humanas y más hermosas del proceso vocacional de Francisco es la presencia de lo provisorio en las decisiones que iba tomando. Da la impresión que necesitaba un mínimo de claridad para dar el paso, después se verificará si estuvo bien dado o si hay que intentar con otra opción. Sus respuestas al llamado fueron, durante mucho tiempo, aproximadas, parciales, revisables. No llegó a la fraternidad de los menores como quien vislumbra en el horizonte un grupo de hombres viviendo el Evangelio de una determinada manera y sirviendo a la gente y a la Iglesia, para nada, es más, ni siquiera se imaginó que en algún momento se le acercarían otro a querer vivir como él estaba intentando vivir. Parecía avanzar como quien recorre un camino que se va despejando a medida que se va caminando. ¡Cuánta frescura! ¡Cuánta libertad! Quizás simplificando mucho podríamos decir que, en estos inicios hubo mucho corazón, mucha pasión, y sólo un poco -bastante poco- de cabeza, de mente. No por nada relata el autor de la Leyenda de los tres compañeros que: “Y al verlo los que anteriormente le habían conocido, lo afrentaban llamándolo loco y demente, y le arrojaban lodo y piedras de las plazas”.
Después de la experiencia de San Damián, Francisco pasó un tiempo viviendo entre los leprosos, alternando tiempos de soledad y oración con el servicio. También haciendo de albañil, restaurando con sus propias manos varias capillas en ruinas. Todo era totalmente real, su compromiso era total e intenso, pero a la vez tenía la liviandad de lo provisorio, y esto no como una imperfección del camino, sino como una condición necesaria para ser fiel a la vida misma
Después de las experiencias que acabamos de compartir, se encuentra una de los episodios más dramáticos de la vida de Francisco, la ruptura con un modo de vivir y de proyectarse, y la apertura a lo que todavía no ve con claridad, sin embargo, la poca definición del horizonte, no le impide dar un paso que parecía no tener vuelta atrás. Renuncia a todo lo que podía atarlo al pasado, hasta aquello a lo que no se puede renunciar del todo, a la filiación con Pedro Bernardone. En el 1206 se presenta en la plaza del obispado, y frente a varios curiosos devuelve a su padre todo lo que podía devolverle y se pone simbólicamente bajo la protección del obispo Guido. Se queda literalmente desnudo, y en ese gesto radical de desprendimiento algo parece consumarse. Pero incluso ese momento no era un punto de llegada, sino más bien un nuevo umbral. Francisco todavía no sabía bien qué forma tomaría su vida.
Una nueva “iluminación” vocacional le llega dos años después, cuando escucha en la Porciúncula la lectura del evangelio de la misión de los doce (Mt 10,7-10). Y ahí sí que parece clarificarse todo, claro que todavía en términos muy personales, en ese momento su deseo más profundo parece haber sido leído por el Evangelio que escuchaba, no pudo contener la alegría y exclamó: «Esto es lo que quiero, esto es lo que busco, esto es lo que en lo más profundo de mi corazón anhelo poner en práctica». Pero a ese momento llega después de haber recorrido un camino de varios años y mucha intensidad, donde se sucedieron signos, decisiones radicales pero no definitivas, fracasos y nuevos intentos; podría decirse que toda su vida está repleta de estas experiencias que ciertamente lo van transformando, a pesar que nada fue permanente.
La Forma de la Humanidad: Cada llamado tiene un rostro
Hay algo que el camino vocacional de Francisco nos muestra con transparencia: el “llamado de Dios” no borra la humanidad del que se dispone a escucharlo, al contrario, la asume y la transfigura, le va abriendo horizontes de plenitud. Francisco no dejó de ser Francisco. Su alegría desbordante, su amor a la belleza, su temperamento poético, su capacidad de relacionarse con las personas con una ternura casi física, todo eso no desapareció, se fue reorientando, profundizando, radicalizándose.
Quizás el Cántico de las Criaturas sea el mejor testigo de todo esto, no es el poema de alguien que ha renunciado al mundo; es el canto de quien aprendió a recibirlo todo como don, y se encontró con el secreto de la reconciliación y de la paz. La fraternidad universal que Francisco vive con todo, no es ciertamente una espiritualidad de evasión, se trata de una relación nueva y liberada con lo real. La respuesta a su vocación lo hizo más humano.
Clara de Asís, por su parte, muestra otra dimensión del mismo misterio. Su llamado no fue una copia del de Francisco, es otra respuesta original, hecha desde su propia condición, su propio tiempo, su propio corazón. El carisma franciscano tiene esa plasticidad admirable: se encarna de modos distintos sin perder su núcleo, difícil de definir, pero claramente identificable. Algunos de esos rasgos podrían ser la pobreza abrazada con alegría, la fraternidad vivida desde dentro, la contemplación como fuente de todo, la apertura y flexibilidad (me viene a la memoria su encuentro con el Sultán por el 1219), estas parecen ser algunas constantes que, sin embargo, se modulan de manera única en cada vida. El llamado, en definitiva, no nos convierte en alguien distinto; nos convierte en lo que somos más plenamente. Las coordenadas de nuestra vida-la historia familiar, el lugar de origen, las heridas y los dones, los encuentros que nos marcaron- no son obstáculos para la vocación, son su territorio.
El Llamado Como Pregunta Permanente
Por lo que venimos compartiendo, seguramente sería un error leer la vida de Francisco como si terminara en algún punto. No termina. Hasta el final de su vida, Francisco siguió siendo alguien en movimiento, alguien que revisaba, que cuestionaba, que volvía a sus fuentes. Las tensiones dentro de la fraternidad en los últimos años de su vida, su renuncia al gobierno de la Orden, su retiro al monte Alverna y el sello de su transfiguración; todo eso habla de una vocación que supo vivir desinstalada, abriendo horizontes nuevos después de cada momento de oscuridad.
Esa experiencia vivida durante una de las cuaresmas del 1224, es la expresión de que ese amor que había comenzado como una inquietud del corazón fue imprimiéndose en su carne con cada decisión, incluso con aquellas que no permanecieron por mucho tiempo. La búsqueda de respuesta a nuestra vocación, cuando es auténtica, siempre va dejando marcas, va liberándonos de todo lo que no somos, para dejar sólo lo que somos en realidad, eso es lo que da paz, eso es lo que nos permite compartir el pellejo de Pedro diciendo en el Tabor: “Qué bien estamos aquí”.
«El que me siga no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida»
Juan 8,12
Preguntas para seguir profundizando
- ¿Hay en mi vida una «inquietud de fondo» que todavía no he sabido nombrar del todo? ¿Qué forma tiene? ¿Qué parece buscar?
- Mirando hacia atrás: ¿puedo reconocer momentos de fracasos, de interrupción o de encuentro inesperado que, sin que yo lo supiera entonces, fueron orientando esta búsqueda?
- ¿Qué «leprosos» —situaciones, personas, aspectos de mí mismo— me cuesta abrazar? ¿Qué podría pasar si me acercase a ellos con confianza, a pesar de tener todavía algunos miedos?
- Las decisiones provisionales, las respuestas imperfectas: ¿las vivo como fracasos o como parte necesaria del camino? ¿Qué imagen tengo de «la claridad vocacional»?
- ¿De qué modo mi historia concreta —mi lugar de origen, mis vínculos, mis heridas, mis dones, mis decisiones, mis aciertos y mis errores— veo que forma parte de mi vocación?
- Si Alguien te preguntara hoy: «¿Qué es lo que más te da miedo?», ¿qué responderías?; ¿Y si te preguntara: «¿Qué es lo que más deseas?»?