
01 Sep Amar Desde Las Periferias
Por: Jocha y Toy, familia de la Comunidad Franciscana de Pichanal.
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Este segundo artículo te invita a pensar la vocación a través de la historia de Jocha y Toy. Su vocación no se acomodó a las expectativas familiares ni sociales. Ellos nos comparten su vida de pareja que, dejando sus proyectos en Buenos Aires, eligió vivir en las periferias de Pichanal para compartir la vida con los más pobres. Su testimonio de vida nos muestra que la familia puede ser un proyecto de compromiso social, donde la alegría genuina nace de compartir la cotidianidad, la lucha y las alegrías con los más vulnerables. Al final del artículo te dejamos algunas preguntas, para que puedas reconocer como las periferias y la comunidad nos conducen a amar más enteramente.
Si no sabéis quién soy. Si os desconcierta
la amalgama de amores que cultivo:
una flor para el Che, toda la huerta
para el Dios de Jesús. Si me desvivo
por bendecir una alambrada abierta
y el mito de una aldea redivivo.
Si tiento a Dios por Nicaragua alerta,
por este Continente aún cautivo.
Si ofrezco el Pan y el Vino en mis altares
sobre un mantel de manos populares…
Sabed: del Pueblo vengo, al Reino voy.
¡Tenedme por latinoamericano,
tenedme simplemente por cristiano,
si me creéis y no sabéis quién soy!
Pedro Casaldaliga
Es muy difícil pensar en escribir o hablar y compartir, a veces, lo que es la vocación, y más cuando eso se intenta hacer de a dos, por más que seamos pareja y matrimonio hace ya muchos años. Porque a veces puede parecer que te pone, y nos pone, en un lugar de —no sé si de superioridad— pero como de tener algo para compartir. Y cuesta, a veces, en estos tiempos, hacer el trabajo de humildad y saber que todos tenemos un tesoro en vasijas de barro, y que ese tesoro es nuestro llamado a ser felices. Y ser felices es, para nosotros, el camino de seguimiento de Jesús, en las huellas y al estilo de Francisco de Asís.
Y en estos momentos de nuestra vida, y desde los últimos diez años, en la localidad de Pichanal, al norte de Salta, nosotros somos Jocha y Toy. Jocha tiene 37 años. Toy tiene 38. Hace diez años que estamos casados y hace diez años que vivimos en Pichanal.
Nosotros nos conocimos en la Casa de Jóvenes, en Marilo (Provincia de Buenos Aires), creo que en el grupo misionero, cuando veníamos a misionar aquí al norte, a las comunidades de Pichanal y de Aguaray. Luego compartimos algunos espacios también de retiro, y en eso empezamos a salir juntos y a ser pareja.
Y luego, en ese camino de ser pareja de unos años, mientras vivíamos en Buenos Aires —porque los dos somos de Buenos Aires— teníamos nuestros trabajos, nuestras amistades, nuestra vida social, nuestras inquietudes sociales y políticas, en mi caso. Y luego de unos años de ser pareja en Buenos Aires, decidimos casarnos y venirnos a vivir a Pichanal.
En Pichanal estaban los frailes viviendo hace muchísimo tiempo. En ese momento estaba el hermano Martín Caserta, y ya había algunas amigas que habían venido como voluntarias a vivir durante algunos tiempos acá, a la comunidad de Misión San Francisco.
Un poco en esa línea, en ese contexto, es que nosotros nos vinimos. No como voluntarios, sino a vivir. Sin saber cuánto tiempo íbamos a estar, sin saber qué iba a pasar. No con incertidumbre, sino con la certeza del deseo de nuestro corazón, de este cambio para nuestra vida, y sabiendo que las cosas en la vida pueden cambiar.
Pero ¿qué pasaba en nuestro corazón en esos momentos? ¿Por qué tomamos esta decisión?
Bueno, de la vocación en el matrimonio mucho no voy a ahondar, pero la vocación del matrimonio es la vocación de compartir la vida de a dos, como pareja enamorados, con un proyecto en común. Que ese proyecto no es solamente un proyecto de familia: es un proyecto de comunidad cristiana, un proyecto de familia franciscana.
Y en nuestro caso, nuestro matrimonio es un proyecto de compromiso con los pobres y con las pobres, y con las causas de los pobres, que es revertir las situaciones de injusticia y de opresión.
Nosotros, en las misiones, descubrimos algo muy valioso. Y siempre a muchos nos pasa cuando volvemos de misionar, que tenemos el corazón muy encendido, muy prendido fuego, y como con un deseo grande de entregar la vida.
Y a veces pasa que cuando volvés de la misión entrás en la rutina, la vida cotidiana, y como que ese fuego va tomando distintas intensidades o se va canalizando de diferentes maneras.
¿Dónde encuentra espacio lo que hace arder mi corazón?
En nuestro caso, bueno, ese fuego es un poco lo que nos fue marcando nuestra opción de vida. El hecho de decir: ¿por qué esto que arde con tanta fuerza en un tiempo determinado no lo podemos hacer parte de nuestra vida? ¿Por qué tenemos que ir a visitar, o por qué queremos ir a visitar, a los frailes que viven en las comunidades del norte? ¿Por qué admiramos muchas veces su entrega, su vida? Y también, ¿por qué no?, envidiamos eso. ¿Y por qué nosotros no tener también parte de eso? ¿Por qué no poder vivir parte de eso? No solamente como una experiencia quince días al año.
Y en ese marco de discernimiento, cada uno con nuestros trabajos —Toy trabajaba en lo que era la urbanización de las villas de la Ciudad de Buenos Aires, Toy es arquitecta; yo trabajé en distintas fundaciones en el Conurbano, y en el último tiempo estaba en la Fundación Franciscana, en la sede del barrio Ejército de los Andes, mal llamado Fuerte Apache—, muy contentos con nuestros laburos, muy felices con nuestra vida, pero esto en el corazón nos hacía sentido.
Igual que nos hace sentido, en su momento, cuando uno por ahí se pone a leer la vida de Francisco de Asís, o la vida de Carlos Mugica, ni hablar de la vida, la profecía y la poesía de Pedro Casaldáliga.
“Hagan comunidad y opción por los pobres”
Entonces, en ese marco, nos fuimos a verlo a Pedro, allá a São Félix do Araguaia, en el Mato Grosso, Brasil. Casaldáliga era un obispo de origen español, catalán, que se fue en los 70 al Mato Grosso como misionero, como sacerdote. Fue nombrado obispo, es poeta y es una de las grandes referencias, por lo menos para nosotros, de la Iglesia latinoamericana y del compromiso social y político desde el Evangelio.
¿Cómo me compromete social y políticamente el Evangelio?
Entonces dijimos: “Vamos a conocer a Pedro”, que, en la Casa de Jóvenes, por lo menos en ese tiempo, se leía mucho. Y Pedro estaba vivo. Y cuando la gente está viva y es tan grosa, hay que tratar de conocerlos.
Y nos fuimos. Viaje largo y bastante desconocido. Habíamos escrito a Pedro, Pedro nos había respondido, nos esperaban. Después coincidimos que, cuando nosotros teníamos pensado ir, algunos frailes se sumaron también en el marco de su itinerancia, así que nos encontramos allá. Fueron días de compartir la oración, el café y la misa con Pedro. Muy, muy lindos. Y también con los frailes.
Y el último día, cuando nos estábamos despidiendo de Pedro, porque nosotros ya nos volviamos, nos dijo: “Hagan comunidad”. Nos dijo: “Opción por los pobres”. Y no me acuerdo si nos dijo algo más, como “sean misioneros” o algo así.
Y nos volvimos con esa inquietud en el corazón. Y luego de ahí tomamos la decisión de venirnos a vivir a Pichanal. Y después dijimos: “Bueno, ya que estamos, nos casamos”. Y así sucedió.
¿Y por qué la opción de venir a vivir a Pichanal?
Uno puede vivir su vocación, su camino de seguimiento de Jesús y de Francisco, desde cualquier lugar: en la Ciudad de Buenos Aires, en Córdoba, en San Isidro, en Mar del Plata, Mendoza, en cualquier lugar.
Pero en nuestro caso había algo en el corazón que nos invitaba a ponernos en camino, cambiar nuestra vida. Un cambio que desde afuera puede parecer muy radical: venirnos a vivir a la Misión San Francisco, en Pichanal.
La Misión San Francisco, es una comunidad guaraní que los frailes viven y acompañan hace muchísimos años, varias décadas.
¿Y qué motivó ese cambio?
Bueno, en nuestros corazones había un deseo de compartir un poquito más la vida, la suerte, las tristezas y las alegrías de nuestro pueblo. Que nuestro pueblo, principalmente acá en el norte de Salta, es un pueblo pobre.
Y creíamos, y lo seguimos creyendo, que ese compartir la vida de los pobres, estar cerca de los pobres, también nos cambia la vida. También es un espacio de encuentro privilegiado con Jesús, con Dios y con su madre.
Y ese cambio en nosotros no fue un cambio que nos hizo sentir que era un gran esfuerzo o sacrificio.
A veces vienen a casa a comer misioneros, voluntarios o familiares que vienen de Buenos Aires o de otras provincias, y por ahí nosotros vemos que se van con la sensación de que nuestro cambio fue un cambio muy, muy grande, muy difícil, como una vida muy esforzada. Pero no.
Nosotros aquí somos muy felices. Nos sentimos privilegiados de poder vivir acá, de poder compartir el día a día, con toda la felicidad y también con toda la tristeza que eso implica, y con todas las injusticias que acá se viven, en un sistema muy injusto en términos de acceso a derechos, de salud, de educación, de violencia, de abusos.
Pero nosotros creíamos —y también acá traemos al Papa Francisco— que el centro se ve bien desde las periferias. Y es desde las periferias donde encontramos lugares privilegiados para el encuentro con Jesús y el camino de seguimiento de Jesús.
Y por eso nuestra opción de vivir acá es una opción por las periferias geográficas y también las periferias existenciales de nuestras vidas, en términos personales, matrimoniales, familiares y también de nuestro pueblo.
Porque —no hace falta aclarar, pero— no somos perfectos, no somos los mejores, ni mucho menos.
Y en este vivir en Pichanal cada uno de nosotros aquí tiene sus trabajos. Hemos tenido diferentes trabajos, muchos en la comunidad con los frailes, también en Aguaray con los frailes, también en otros ámbitos. En el caso de Jocha, que trabajó en Agricultura Familiar en el Estado Nacional y ahora en el área de Producción del Municipio Tartagal, también en la docencia.
Hicimos vida acá de familias “normales”, de trabajadores normales, buscando trabajo, sufriendo situaciones económicas, yéndonos de vacaciones a ver a nuestras familias, viajando a Buenos Aires cada tanto. Como una vida de una familia que vive en Pichanal, que cree en Jesús, que tiene una historia de salvación con Jesús a nivel personal y matrimonial, y que también cree en la opción por los pobres, luchando contra las injusticias, luchando en lo social, luchando en lo eclesial y luchando en lo político.
Y que este vivir acá nos da una perspectiva diferente, una mirada diferente, y nos permite a veces tener más fácil, más a mano, lo esencial de la vida. Y lo vulnerable de la vida. Y también la presencia de la muerte en tantas injusticias.
Ya van diez años que estamos acá. Acá nacieron nuestros hijos. León tiene siete años. Luján tiene tres años, casi cuatro.
Y también, a la hora de tener hijos, se vuelve la pregunta: “Che, estamos a 1600 kilómetros de nuestra familia, en una zona de mucha injusticia, de mucha pobreza, de mucho dolor o de muchas carencias, de falta de acceso”.
Pero siempre tuvimos la certeza de que lo mejor que le podemos dar a nuestro hijo e hija es la comunidad. La comunidad de la Misión San Francisco. Esta familia carismática que vamos armando con frailes, voluntarios, voluntarias y nosotros.
Donde rezamos juntos, donde comemos asado juntos, donde tomamos birra juntos, donde vemos los partidos juntos, donde trabajamos juntos, donde pensamos cómo acompañar la vida de la comunidad, cómo solucionar algunos problemas junto a la comunidad, cómo luchar contra las injusticias junto a la comunidad.
Y eso es algo que nos hace muy felices. Y que no nos hace sentir ni especiales, ni mejores, ni superhéroes, sino sentir y saber que nuestra vocación es un camino de amor.
Un camino de amor en las periferias geográficas. Un camino de amor desde nuestra vulnerabilidad también. Y con los desafíos de ser familia, de ser matrimonio, con los desafíos de ser trabajadores en una Argentina que a veces es muy cambiante.
Pero con la certeza de que la alegría está en la buena noticia de Jesús. En la buena noticia de Jesús a los pobres, que implica la liberación de los pobres, la liberación de las cadenas de opresión.
Creo y siento que la vocación no es una vocación así asignada. “Yo tengo vocación de sacerdote”, o de matrimonio, o de religiosa o religioso.
Creo que la vocación es algo que se va construyendo toda la vida. Que hay espacios, instituciones y opciones que hacen que nuestras vocaciones se puedan desplegar, puedan ser fructíferas.
Que se trata de jugar con los talentos, de poner los talentos que Dios nos dió. Implica conocernos, conocer nuestros talentos, lo que nos gusta, lo que nos cuesta, lo que podemos hacer, lo que no.
Y también desafiar esos límites de lo establecido en nuestras familias, en nuestros grupos sociales.
Muchos nacemos con mandatos familiares tradicionales, que creemos que no podemos romper o de los cuales no podemos salir, o que tenemos que seguirlos. Y a veces nuestra vocación nos pide algo distinto o algo no tan encuadrado.
Yo veo mucha gente que repite la vida de sus padres y madres, y quizás son muy felices dentro de eso, pero que a veces su corazón les pide otras cosas.
Creo que lo importante de la vocación es la búsqueda. Estar abiertos a la búsqueda. Estar abiertos a la escucha.
Saber que la vocación es el encuentro con Jesús y, en ese encuentro con Jesús, abrirnos al otro y a la otra, o a los otros y a las otras, pero especialmente a los pobres, especialmente a los que sufren, especialmente a los que tienen menos oportunidades.
Y después, en ese camino, sacar en claro desde dónde cada uno de nosotros puede ser feliz y hacer feliz a los demás.
No creo que Dios nos llame a una cosa o a la otra. No creo que Dios nos llame a ser sacerdotes, frailes o esposos, sino que nos llama a amarlo a Él, a caminar con Él y a practicar la justicia.
Y eso, en cada momento de nuestra vida y en cada lugar, lo tendremos que ir discerniendo día a día.
Sí, me parece que la vocación es algo que se va construyendo día a día, en el diálogo, en el vínculo, en la escucha de Jesús, de nuestras familias, de nuestras comunidades y de nuestro pueblo, especialmente el pueblo pobre.

Preguntas Finales
- ¿Cuáles son las «periferias geográficas o existenciales» concretas en tu propia realidad que hoy te conmueven y te provocan?
- ¿Reconocés tu corazón ardiendo en esos lugares de periferia? ¿qué podés hacer para evitar que se apague en la rutina y lograr que se transforme en una opción de vida cotidiana?
- ¿Qué mandatos sociales o familiares sentís que hoy te limitan para buscar libremente tu propio modo de comprometerte?
- Si lo mejor que podemos es construir comunidad ¿Cómo son tus espacios comunitarios hoy? ¿Son un refugio seguro que te cierra sobre vos mismo o un lugar de compromiso real con otros?