22 Oct Documento conclusivo del Encuentro Provincial
Al contemplar la Pascua de Francisco, el trabajo y la escucha en fraternidades nos condujo
a la invitación profunda de recuperar la memoria afectiva y reconciliarnos con nuestra propia
historia, amigándonos incluso con nuestra fragilidad y con la hermana muerte.
Detenernos en los deseos de Francisco en tensión con su realidad, nos enseña que las crisis, la vulnerabilidad y lo que a veces sentimos como un fracaso o una «tapera», no son finales definitivos, sino etapas necesarias donde Dios trabaja en lo oculto.
Sin embargo, nos descubrimos muchas veces instalados cómodamente en el «deber ser», jugando de locales y atrapados en la repetición automática de nuestras tareas. Frente a esta inercia y a nuestro «ego salvador», el proceso de Nicodemo nos interpela a nacer de nuevo desde el no saber. Se nos pide desarmarla autoexigencia,romper con las falsas seguridades del Sanedrín y abandonar la imagen de un Dios de castigo para, simplemente, aprender a vivir sabiendo que Él nos quiere felices. Solo al desapropiarnos del afán de control podemos aceptar al diferente y descansar verdaderamente en el balbuceo de nuestra propia pequeñez.
A partir del movimiento del discipulado de Nicodemo, se nos condujo en medio de los
leprosos de nuestro tiempo. El encuentro fundante con Cristo asume hoy rostros concretos en las
periferias: juventudes atravesadas por el sinsentido y las adicciones, adultos mayores en soledad,
comunidades originarias, personas con padecimiento mental y trabajadores agotados por la
injusticia estructural.
Confesamos con amargura que, con demasiada frecuencia, nos hemos acostumbrado al mal olor de la pobreza y el abandono, transformando la indiferencia en una nueva lepra. El llamado urgente es a dejar de movernos como meros espectadores; debemos descalzarnos ante el sufrimiento, cambiarla velocidad del paso para olerlo que huelen los últimos y unir nuestra fe con un compromiso social transformador, haciendo de nuestras comunidades verdaderos hospitales de campaña.
Desde la vulnerabilidad que experimentamos entre los leprosos nos reconocemos hermanos desde, con y hacia otros. De este modo, reconocemos que nuestra vida se despliega si es para alguien.
También, sabemos que la fraternidad es nuestro mayor tesoro, pero además es donde más nos herimos. En una sociedad violenta y marcada por el descarte, elegimos vincularnos desde la minoridad, cultivando la sobremesa extendida y forjando una amistad sincera donde nadie tenga que mendigar pertenencia. Asumimos los conflictos cotidianos con un sano realismo evangélico: apostando por el perdón, riéndonos de nuestros errores, desdramatizando las tensiones y ofreciendo una escucha sin juicios, que ofrece una mirada esperanzadora. En esta dinámica recíproca, nos sostenemos repitiéndonos con ternura un profundo «yo confío en vos».
Finalmente, todo este recorrido desemboca en el urgente desafío de la sinodalidad. La fraternidad y horizontalidad de nuestro ADN franciscano son fundamentales para vivirla fe en el
cuerpo y ensanchar nuestra tienda. Para transitar esta etapa, debemos liberarnos del clericalismo
y emprender un saneamiento integral de las estructuras, superando lógicas piramidales para
concebirnos como un ecosistema vivo.
A su vez, es vital sanar nuestra dificultad para delegar y admitir críticamente el vicio laical de exigir espacios sin asumir responsabilidad ni continuidad. Como la sola voluntad no alcanza, resulta imprescindible una sólida formación laical que fundamente la corresponsabilidad diferenciada. Solo mediante la institucionalización de la participación y asumiendo plenamente nuestras obligaciones, caminaremos a la par proponiendo un testimonio vivo del Evangelio.