El pecado ecológico: de Francisco de Roma a Francisco de Asís

En el contexto de la “Semana de la Laudato si´” convocada por el papa Francisco, queremos reflexionar brevemente sobre el concepto de “pecado ecológico”. Nuestro interés se dirige a otra realidad central de la vida de fe: el pecado. Tan central como -a mi juicio- necesitada de una urgente revisión teológica y pastoral. Quizá la noción de pecado ecológico nos dé alguna pista que ayude a superar el moralismo reduccionista en que se sigue cayendo cuando se habla del pecado -en general- como “desobediencia a los mandamientos… que ofende a Dios”.

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El pecado como ruptura de la comunión

La categoría “pecado ecológico” -acuñada por Juan Pablo II- no es usada expresamente en la encíclica; pero alude a ella citando al patriarca Bartolomé cuando habla de “pecados contra la creación” (LS 8). La idea, sin embargo, aletea sobre el texto. El año pasado sí, en el XX Congreso Internacional de la Asociación de Derecho Penal (Roma, Noviembre 2019) el papa Francisco habló expresamente del “pecado ecológico” (y de “ecocidio”); lo definió como toda “acción u omisión” que se manifieste en “actos y hábitos de contaminación y destrucción de la armonía ambiental”, y señaló que se está pensando en introducirlo al Catecismo oficial de la iglesia. Evidentemente, un pecado no comienza a existir porque alguna autoridad magisterial decida incorporarlo a un texto. La importancia del gesto reside en que se reconoce una realidad pecaminosa -que existe desde siempre pero ahora agravada- y se pone sobre aviso a los creyentes sobre actitudes que hieren la armonía entre el Creador y sus creaturas.

En la LS señala que el pecado implica la ruptura entre las tres relaciones vitales del hombre: con Dios, con la naturaleza y con los demás, y reconoce como raíz de esa situación el pretender ocupar el lugar de Dios. Seguidamente, evoca a Francisco de Asís como aquel que supo vivir en armonía esas relaciones (cf LS 66). Prescindo ahora de detenerme en una afirmación al menos discutible: que la relación entre el hombre y la naturaleza era “originariamente armoniosa” (LS 66); ni la ciencia desde la perspectiva de la teoría evolutiva -básicamente aceptada hoy por el magisterio- ni la exégesis no fundamentalista -ni la teología consecuente- creo que estarían de acuerdo. Mi interés aquí, sin embargo, es contemplar la figura de Francisco como aquel que supo vivir en “considerable” armonía aquella dimensión relacional triple que constituye al ser humano, o al ser como humano. Prefiero hablar de “considerable armonía” y no del santo como aquel cuya vida fue una “sanación de aquella ruptura” porque, como el mismo papa señala, esa consideración no pasa de ser una interpretación (cf LS 66) … de cierta hagiografía medieval apologética, añadimos nosotros. En todo caso, en Francisco -de Asís- contemplamos destellos de la utopía de la fraternidad y armonía universal hecha tópica, al menos, incipientemente.

Precisamente, esa vivencia armónica a la que hace referencia el papa queda plasmada claramente en Cántico de las creaturas, donde il Poverello expresa su cosmovisión en clave de comunión entre Dios, la naturaleza y el hombre; con lo divino (vv. 1-2), lo creado no-humano (vv. 3-9) y lo creado-humano (vv. 10-13). Francisco postula, en síntesis gráfica, que el ser humano debe autocomprenderse ante Dios, entre las creaturas y con los otros hombres. Permítaseme una sucinta recapitulación antes de abordar el tema que nos interesa. Comienza el poema destacando la pobreza esencial frente a la trascendencia de Dios: ninguna creatura ni ninguna alabanza acierta con la dignidad del Misterio del Altísimo. El hombre se siente movilizado a alabar y bendecir… e inmediatamente se percata de su incapacidad -por indignidad- frente al Sumo Bien. Pero Francisco no se paraliza. Parecería decir: si “ningún hombre es digno de hacer de ti mención”, la creación entera y conjuntamente, al menos puede atreverse. Y es lo que se desplegará en las estrofas siguientes. Luego, pues, de la referencia inicial al Dios Altísimo, el siguiente versículo funge de transición e introduce al grueso del Cántico: “Loado seas, mi Señor con todas tus creaturas …”. Consciente de la indignidad del hombre frente a Dios, renuncia a nombrar-Lo directamente y se dirige a las creaturas para con ellas, desde ellas y entre ellas, alabar-Lo: el hermano de Asís se posiciona entre las creaturas y ensalza al Dios de la materia e, indirectamente, a la materia -de la que también Francisco está hecho- que es buena y bella en cuanto participa de la Bondad y Belleza Fontal; lejos de un mero esteticismo naturalista, “en las hermosas reconoce al Hermosísimo” (2 Celano 165). Los últimos versículos del Cántico (vv.10-13), antes de la convocatoria final a toda la creación para que se una a la alabanza (v.14), se concentran en el mundo de lo racional.

El pecado como des-ubicación y como apropiación

Presentado así el esquema del poema planteamos la pregunta que nos interesa: desde la letra y el espíritu del texto ¿qué intuiciones pueden ayudarnos para entender (lo que hoy se llama) el pecado ecológico? Adelanto la respuesta desde dos claves: para Francisco de Asís sería un problema de autocomprensión y de actitud. En efecto: lo primero que podemos señalar es que nace de una lectura errónea de “ubicación ontológico-existencial”: ¿cómo nos percibimos y nos definimos en esta suerte de triángulo relacional, donde “todo está relacionado”? Francisco dirá que, no siendo Dios, el hombre no puede pensarse como lo último, y es invitado a autocomprenderse coram Deo (ante Dios). Por otra parte, creatura entre las otras creaturas, el ser humano está llamado a vivir su vocación -la filiación- en la fraternidad universal, no encima ni al margen de (sobre todo de lo más vulnerable). El pecado esconde sus raíces en creernos -en el nivel pre-consciente, quizá- igual a Dios o más que los otros.

De esta consideración más filosófica se deriva una segunda más ética, actitudinal, que tiene que ver con una de las notas características de la espiritualidad franciscana -a mi juicio- no siempre bien calibrada. Me refiero a la virtud basal de la pobreza pero no entendida desde su exteriorización como ascética, sino en su significación más profunda: “es un modo de ser por el que el hombre deja que las cosas sean; renuncia a dominarlas y someterlas y hacerlas objeto de su voluntad de poder. Renuncia a estar sobre ellas para situarse junto a ellas” (L. Boff). Liberado del instinto de dominación y manipulación, Francisco puede llamar “hermana” a toda creatura y cantar con ellas y entre ellas. Interpreto que allí se esconde una de las claves más profundas para leer la vida de este santo tan fascinante. Así, en la primera parte de su Testamento -el escrito más personal y autobiográfico del Poverello dictado entre agosto y los últimos días de su vida, en 1226-, realiza una suerte de mirada retrospectiva para narrar y testimoniar su historia vocacional, y la hace en clave de don. En efecto, creo que toda su vida puede leerse desde la tríada: don-desapropiación-restitución. Allí repite, a modo de un leitmotiv que marca los hitos de su itinerario: “el Señor me dio…” (cf. Test 1; 2; 4; 6.13; 14; 23). Francisco considera todo -aún las negatividades- como un don del Señor, como ocasión de gracia. Y si todo le fue dado, nada le pertenece, de nada debe apropiarse y, por tanto, todo deber ser restituido: “Nada de vosotros retengáis para vosotros mismos, para que entero os reciba el que todo entero se os entrega” (Carta a toda la orden, 29) exhorta a todos los hermanos de la Orden. Luego, en su lenguaje, lo contrario a la restitución será la apropiación; por eso, toda apropiación es pecado y todo pecado esconde una apropiación.  En esta misma línea, hablando de la necesaria conversión ecológica, afirma el papa Francisco que “en primer lugar implica gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, que provoca como consecuencia actitudes gratuitas de renuncia y gestos generosos aunque nadie los vea o los reconozca” (LS 220). Y en sintonía, aunque con categorías más modernas, podemos enriquecer la intuición franciscana señalando que el pecado es toda autoafirmación excluyente, hecha contra o al margen de lo(s) demás (J.I. González Faus).

Reasumiendo lo dicho, el pecado ecológico deriva de no reconocer y no aceptar nuestro “lugar en el mundo”; en cuanto creaturas racionales somos un absoluto-relativo que se define no sólo desde lo único Absoluto, sino también desde la relación con las otras creaturas con las cuales compartimos la Casa común. Y desde la lógica del don que atraviesa toda la creación, estamos llamados a gozar cuidando esa creación, dejando que las cosas -y las personas- sean (= pobreza), luchando contra el instinto de dominación y manipulación. Desde esta perspectiva, el pecado ecológico siempre esconde una autoafirmación de lo humano que no respeta y violenta la esfera de la naturaleza creada y/o de lo divino (= excluyente). Como actitud opuesta, el Cántico postula la restitución de la gloria al “Altísimo y buen Señor” a través de la alabanza que aparece, así como lo contrario al pecado en cuanto supone descentrarse y concentrarse en el Otro, renunciando a toda forma de posesión e instrumentalización de lo(s) otro(s).

Educar al “virus humano”

Leer el Cántico es leer a Francisco de Asís y, entenderlo, es captar algo de su profunda experiencia. Sin duda, el encuentro con ese hombre tan humano causa siempre una conmoción antropológica, pues lleva a replantearnos “qué somos y dónde estamos”. Desde el poema analizado, il Poverello responde que el hombre, creatura especialmente amada, debe estar-se ante Dios, entre las creaturas y con el hombre. El no vivenciarlo así puede explicar la raíz última del gran desequilibrio ecológico -y el ecocidio- del cual el “virus humano” es mayormente responsable. Por eso, “la forma más efectiva de proteger a los humanos, no es descubriendo nuevas vacunas, sino consiguiendo que los humanos aprendamos a proteger todas las formas de vida, y sus propios nichos ecológicos” (D. O´Murchu).

Urge alargar la mirada de fe (razonable) y aceptar -no sólo teórica sino prácticamente- que “la biosfera está compuesta no sólo por el ser humano, el Homo sapiens, sino también por millones de especies de seres vivos o con conductas cercanas o análogas a lo que entendemos por «vida» –como es el caso de los virus–. Hemos evolucionado «de» y «con» ellos. Además, convivimos de manera íntima con muchos de ellos, y en forma interrelacionada con el resto. Desde ese punto de vista, es claro que no somos los únicos seres vivos, y que la coexistencia (¡Darwin dixit!) es parcialmente violenta: la selección natural es parte esencial, aunque no única, del proceso de la vida. En ese contexto, resulta innegable que los virus (cualquiera de ellos) tienen el mismo derecho a la lucha por la subsistencia que otros seres, como el humano (…). La biodiversidad evolutiva del planeta recuerda que no estamos solos sino que coexistimos, dinámica y por momentos violentamente, con otras especies, también ellas originadas en la historia evolutiva de la biosfera” (L. Florio). Y, dese este contexto, juzgar modos de ser y de estar que deben considerarse pecaminosos porque deshumanizan al hombre en cuanto quiebran sus relaciones con el Creador y con las otras creaturas y generan, a corto o largo plazo, graves desastres para nuestro planeta.

Concluyendo: la meta asintótica a la que aspira y por la que gime la creación entera es la reconciliación universal, y la virtud vectora que propone Francisco de Asís hacia esa utopía es la pobreza radical: respetar todo, dejando que las cosas sean. Él fue radicalmente pobre para ser plenamente hermano y verdaderamente libre. Así, la no-apropiación y consiguiente restitución constituyen todo un modo de habitar nuestra Casa común, la Hermana-Madre tierra, que se conjuga con la gramática de la alabanza como forma de vida. Desandar el camino desde Francisco de Roma a Francisco de Asís puede ayudarnos para decodificar el grito de la tierra herida. Y escucharlo, antes que sea demasiado tarde.

 

Fr. Michael Moore