Experiencia de formación en la Amazonía – Visita al pueblo Mundurukú

Durante los meses de enero y febrero, nueve hermanos -formandos y formadores- de la provincia San Francisco Solano, de Argentina, fuimos a pasar un tiempo con el pueblo Mundurukú en la Amazonía brasileña, pueblo y territorio en el cual, como Orden, estamos presentes a través de la custodia San Benito de la Amazonía. Aquí compartimos algunos ecos de aquello que el Dios de la vida nos concedió vivir.

Nombrar la vida

Sentimos que es muy difícil poner en palabras lo experimentado, más aún cuando aquello que queremos narrar y compartir es tan singular como en este caso. Vale la pena intentarlo, sabiendo de antemano que -al igual que Dios- la Amazonía siempre será más que lo que nosotros hayamos podido captar de ella, y mucho más de lo que podamos comunicar en estas líneas.

No escribimos para describir ni para informar. Esto no es una crónica. Escribimos como antídoto contra el olvido, escribimos para poder volver (simbólica y literalmente), escribimos para honrar y escribimos para, a través de lo que se nos regaló vivir, despertar en otros y en otras el deseo de “ir y ver” el tesoro escondido de la Mundurukânia, por el cual, como dice aquella parábola del Reino, vale la pena vender todos los bienes.

Ir llegando

La pedagogía del territorio obliga a entrar en él de a poco. “Adentrarse” podría ser un verbo para expresar con más fidelidad lo que vivimos mientras fuimos llegando. Porque pasa eso: no se llega, se va llegando.

Desde la última ciudad a la cual se accede por tierra, hasta la aldea Misión San Francisco, donde viven los hermanos, tardamos dos días navegando. Dos días de río, de selva. Todo el tiempo: agua -limpia, serena, agitada, habitada- y vegetación -abundante, imponente, viva, generosa-. Y en medio de este paisaje interminable, como parte de este, fueron apareciendo también las aldeas. A orillas del río: casas, capilla, niños y niñas jugando, mujeres lavando, hombres volviendo de pescar. Aquello que poco después iríamos a vivir y disfrutar como cotidianeidad, lo veíamos en ese momento como fotografía desde la lancha.

Este ritmo, estas postales, este tiempo, fue despertando en nosotros gratitud, sorpresa, respeto. Nos fuimos haciendo conscientes, después de meses de haber imaginado, de dónde y entre quiénes estábamos. Y esto generaba en nosotros un deseo, una actitud: descalzarnos, porque la tierra que estábamos pisando, era tierra sagrada.

Cada día

Nuestro día a día allá tuvo dos notas centrales: simplicidad y alternancia. Fueron semanas de un intenso y gozoso compartir fraterno. Mientras estábamos en la Misión, teníamos generalmente la Eucaristía y el trabajo doméstico por la mañana, y por la tarde fútbol con los jóvenes y visitas a las casas. Buscamos sumarnos a la cotidianeidad de los hermanos y de la comunidad, y desde allí -desde lo real- hacer experiencia. Cortar el pasto, cocinar, hacer arreglos de la casa, ir a pescar, aprender a hacer artesanías, aprender el idioma, cantar, jugar con las infancias, visitar enfermos, visitar familias, comer muchas cosas por primera vez. A cada 5 o 6 días, salir en pequeñas fraternidades de 2 o 3 a visitar otras aldeas, más pequeñas y alejadas. Y allí, la misma intención: llegar, escuchar, dejarnos conducir, abrirnos a aprender, sumarnos al ritmo comunitario de cada aldea.

Fuimos experimentando la fuerza de la visita, la importancia de la presencia y el valor del tiempo compartido; tiempo gratuito, tiempo siempre en presente. “Estar”, a esa clave fuimos invitados y desde ahí intentamos vivir. Fue fundamental asumir dos condiciones que la experiencia nos impuso, no -solamente- como límite, sino -especialmente- como posibilidad: no saber y no controlar. No saber el idioma, no saber hacer sus trabajos, no saber su historia, su cultura; ‘no saber’ como espacio abierto para el aprendizaje, para escuchar más y hablar menos, para preguntar más y responder menos, para valorar, para dejarse sorprender, para pedir ayuda, para dejarse cuidar. Y no controlar: el río, la lluvia, el sol, la luz, la noche, la oscuridad, la fragilidad del cuerpo adaptándose. Una y otra vez tuvimos que entrar en el ritmo de lo que era y no de lo que queríamos que fuera. No saber y no controlar para que, poco a poco, encuentro a encuentro, visita a visita, se nos fuera revelando el rostro mundurukú de Dios.

Parábolas

Aquello que poníamos en común, a medida que íbamos conociendo y compartiendo la vida allá, descubrimos que tenía la dinámica de las parábolas de Jesús. Había mucho en los mundurukú que se nos hacía comparable con “el Reino de los cielos”. Prácticas, símbolos, costumbres, formas de organizar la comunidad que nos hablaban de Evangelio. Compartimos dos:

–                       Desayuno comunitario. En cada aldea hay un barracón (un salón comunitario), en el cual cada mañana la comunidad, después de bañarse en el río, se reúne. Cada familia lleva un poco de café y alguna cosa para comer. El inicio del día es en comunidad. Se comparte, se da alguna información si fuera necesario, y después cada uno y cada una va a realizar sus tareas, sus trabajos.

–                       Cocina de harina de mandioca y tapioca. En cada aldea hay una cocina comunitaria de estos dos alimentos que se hacen a base de mandioca. Son el alimento de cada día. El proceso tiene muchos pasos: cosecha, pelado, rallado, escurrido, prensado, secado, tostado. Ver como las familias se organizan y ayudan para producirlos es una escuela de trabajo comunitario.

Nombramos dos de muchas más. Su vínculo y conexión con la selva y el río, su respeto por aquello que cazan y pescan, siempre cuidando y nunca acumulando, su forma de saludarse personalmente, la alegría evidente con la que viven, la forma de crianza de los niños y niñas, la defensa de su territorio, el cuidado de su lengua y sus costumbres… mucho de lo que viven y son, nos animamos a transformarlo en parábola del Dios que nos anunciaron y convidaron.

Ir llegando, 120 años después

Una de las cosas que más nos interpeló, fue conocer la historia del encuentro entre el pueblo Mundurukú y los primeros frailes que llegaron, años atrás. Para los originarios de aquellas tierras, la flauta era un instrumento asociado a su divinidad, y los frailes que llegaron, sin saber esto, eran flautistas. Esto hizo que el pueblo los reciba poco a poco. De no haber sido así, probablemente estos osados hermanos hubiesen muerto poco después de desembarcar luego de 6 meses de navegación, y nosotros, más de un siglo después, no podríamos estar escribiendo esto.

A raíz de este primer encuentro, el vínculo entre los mundurukú y los “pain” (así nos llaman) se hizo alianza. Ellos, que aún hoy siguen sin recibir a los “blancos”, nos hicieron a nosotros parte de su pueblo. De nuevo: ellos, que no reciben a nadie que no sea mundurukú, nos hicieron a nosotros parte de su pueblo, de su cultura, de su jerarquía, de su historia. Y así nos hicieron sentir, desde el primer hasta el último día. Nos recibieron por la presencia de otros a lo largo de su historia, nos recibieron por ser frailes, nos recibieron sin conocernos, nos recibieron porque confían, nos recibieron por la significancia que nuestra presencia tuvo y tiene para ellos. Ellos nos reciben así. Y nosotros, como Orden… ¿Cómo recibimos vocacional y carismáticamente que un pueblo indígena y amazónico, con todo lo que esto significa, nos haga parte de su identidad? Creemos que nuestra presencia allí fue, es y tiene que seguir siendo un tesoro a cuidar y proteger; un tesoro por el cual valga la pena vender comodidades, seguridades, estructuras y cálculos.

Agradecemos profundamente a todos aquellos que hicieron posible esta experiencia. Especialmente a la custodia San Benito por recibirnos con tanta disponibilidad y familiaridad, a Franciscan Missions por su apoyo y sustento, y a los hermanos Sebastián y Amauri, por estar ahí, viviendo “entre”, por hacernos sentir en casa, por la generosidad y la apertura con la cual recibieron nuestras vidas, nuestras propuestas, nuestros deseos y nuestros límites.

            Hermanos de la Provincia San Francisco Solano