Itinerancia a Bolivia. Experiencia Vocacional Julio 2018

«Nuestro corazón vibra en donde estamos caminando»

 

El Espíritu que sopla desde abajo nos reunió a los pies de María de la Peña, a hermanas y hermanos franciscanos, los cuales llegamos de muchos lados de Argentina, incluso desde Chile. Llegamos con muchos anhelos en el corazón, sed de un Dios vivo, hambre de encuentros, suspirando incertidumbre, clamando entrar en la realidad con pies descalzos, descubrirnos en el camino como hijos de un mismo Padre…

La itinerancia al pueblo boliviano nació un lunes 16 de julio, reunidos en la ruta 34 en la salida del paraje Virgen de la Peña, un paraje con tantos rostros conocidos que no nos permitieron irnos fácilmente, sin antes saludar a más de un amigo. Nos dependimos todos reunidos tomados de las manos orando y luego abandonándonos en un abrazo nos separamos en dos fraternidades una caminaría por el altiplano y otra por el chaco, un abrazo que se rearmó en Cochabamba.

Al cruzar la “frontera” nos recibió un pueblo que hizo lugar para nuestra vida, nos llevó con delicadeza en sus palmas, cuidándonos y haciendo todo lo que estaba en su alcance para que lleguemos hacia donde nos dirigíamos. Una constante en el camino fue saborear la fraternidad, el compartir, repartir y convidar lo que somos; llegamos a viajar de a 8, 10… hasta 12 juntos (en el mismo auto, camión o camioneta). Abundancia de generosidad. Un anuncio fuerte de Reino de que todos somos bienvenidos, todos podemos entrar y compartir camino/mesa. Una y muchas veces dialogamos y experimentamos con las personas que nos llevaron que las fronteras son artificiales, obra del hombre. Así mismo, las diferencias culturales no fueron barrera para relacionarnos ni motivo de distancia, el punto de encuentro transitó por sus luchas, sueños y esperanzas, tan íntimas y latinoamericanas.

La América profunda la descubrimos en: los mercados campesinos donde todos los días las mujeres van a trabajar para preparar la mesa darles de comer a su familia; en los rostros arrugados como surcos de siembra de tantos campesinos e indígenas resistiendo con su historia al hombro; en el saludo gratuito de las mujeres en la veredas que extienden la mano para acoger una moneda, conectando miradas invaluables; en la intrépida generosidad de un hermano que comparte lo que tiene (viaje, compañía, alimento, agua, incomodidad, silencio, palabra); en el dolor amigo, en  la amargura del sol; en la dulce sonrisa de una lengua distinta que celebra la salida del sol y la luz de la noche; la mirada inclemente sin presente, que atraviesa el corazón con las manos abiertas de un minero a los pies del Cerro; las muchas Bolivias en una misma mesa con tantos platos como personas que susurran necesidad; en los hermanos en situación de calle que nos transparentan a Jesús llagado; en el maíz, mandioca, papa, batata, coca… Abundancia de nuestra hermana madre Tierra.

En la vuelta a casa resonaba en mi interior la última estrofa de la canción de Raúl Canali: Mientras vas de camino, misterioso regalo,/ una Madre y su Hijo te han querido a su lado:/ pronunciaron tu nombre, te ofrecieron sus manos/ pa´llevarte a los pueblos y saberlos hermanos,/

pa´llevarte a los pueblos y sentirlos hermanos. Esta letra me habla de cómo fuimos conducidos a través de un pueblo-hermano, con suma ternura nos tomó de las manos y nos llevó a lo silencioso de su interior para escuchar como late su corazón, a un ritmo muy personal, y de la misma manera danza al son del viento.

Celebro por el regalo de los días vividos en fraternidad en Bolivia. Celebro por la itinerancia que no terminó, ya que continúa en lo cotidiano, en la memoria que resuena en sabores, olores, anécdotas, imágenes, en nombres, rostros y vínculos con hermanos.

 

Hno. Gastón López Marín

La Teja, miércoles 15 de agosto de 2018